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Diálogos de un viaje a Grecia, primera parte

Diálogos de un viaje a Grecia, primera parte

Dos miradas. Dos islas. Un mar

Junto al Sommelier Iván Tkaczek, nos propusimos el desafío de escribir (por separado) sobre mismos temas, movidos por incumbencias profesionales, sensoriales y emocionales compartidas. Las miradas a veces se complementan, a veces coinciden y, otras, difieren.

Lo que sigue es el relato cruzado, de dos amigos que recorrieron juntos las islas griegas de Paros y Santorini, hace un año atrás.

El cielo como manchas de algodón.
Y navíos, al brillo del mar.
El agua cristalina
trayendo sus aromas de sal.
El sol en el mantel,
y en el destello de vino
.

Alyki


El “vino de la casa” de Paros

(Mariana) Llegamos a la isla de Paros, casi, de casualidad. Salimos del hotel de Atenas a las 5 de la mañana, para tomar el metro (de las 5.20), llegar al aeropuerto a las 6.10 y subir al avión de las 7.05. Todo estaba (tan) perfectamente cronometrado, eso sí: no contábamos con que el metro llegara demorado… Para colmo, antes de su arribo, otro metro (de circulación local) pasó por el mismo andén y, perdidos en la traducción, creímos que era el nuestro. ¡Falta el sticker “del avioncito”! ¡este no es nuestro tren, Iván!, vociferé después de entrar al vagón y justo antes de que se cerraran las puertas frente a nosotros. A segundos de perderlo todo, saltamos al andén y seguimos esperando hasta que nuestro tren arribó. Apenas pusimos un pie en el aeropuerto, empezamos a correr. El vuelo a Santorini salía de la puerta 112, para lo que habría que atravesar todo aeropuerto de Atenas (por cierto, comprobé que el uso de cintas transportadoras no te hace más rápido). El control de seguridad, afortunadamente, la hizo corta. Llegamos a la puerta de embarque un minuto antes de que se cerrara. Cuando subimos al avión, todos los pasajeros estaban sentados, cinturón de seguridad abrochado, atentos a las indicaciones de la máscara de oxígeno que caía sobre la cabeza de la azafata.
Apenas pisamos Santorini, nos trasladamos a un puerto caótico donde la gente, agolpada, esperaba los llamados de embarque a los gritos. Allí tomamos el ferry que nos llevó a Paros.

El Egeo, por fin, era nuestro.

EL pueblo de Naousa, por Mariana Gómez Rus

Vi necesaria esta introducción porque fue una alegría no haber perdido ese vuelo y , en consecuencia, ese barco.
Los días que siguieron en la isla de Paros fueron inolvidables. Combinamos caminatas por Naousa, con chapuzones en el mar, atardeceres naranjas desde el balcón del airbnb y vino. Mucho vino. No tengo idea qué. En general venía en jarra y “de la casa”…así, bien genuino. Por lo que, con él, siempre venía una historia cercana a quien lo servía (mi abuelo lo hace, o mi papá, o mi vecino) y me sentía honrada de que estuviera en nuestra mesa.

Los vinos blancos de Paros tenían tonos de oro, baja acidez y dulzura. Siempre blanco y siempre Monemvasia (que significaba a Paros lo que el Malbec a Mendoza) y pegaba fuerte mientras, bajo el sol, picoteábamos ensalada griega y pan pita con tzatziki o aquel mediodia, en Alyki (el pueblito pesquero de casas simples y pulpo secando en los patios) en que regamos la conversación, sentados al final de un muelle, coronando nuestro banquete de spanakopita y pulpo grillado, con mucho limón.


(Iván) Se supone que el “vino de mesa”, ese fermentado sin aspiraciones a ninguna apelación de origen, es el vino de todos los días. Nuestra mesa en esa pequeña playa escondida en la isla de Paros, con el sabor de la cocina fresca de Grecia y el horizonte que mezclaba el azul celeste y el azul marino, distaba mucho de ser una escena de todos los días. Y entonces, ese vino sin etiqueta, en esa jarrita de vidrio que hacía las veces de pingüino nos dejaba la Moraleja

de entender que la belleza de ese momento basaba toda su magia en la simpleza. Y aunque sea solo por unas horas, la embriagadora felicidad de esa copa de vino me hizo imaginar que el mundo se reducía eternamente a la calma de la playa, atrapada entre el mar y la arena.


Un ouzo, una noche estrellada en Parikia

(Mariana) Paros es uno de esos lugares a los que volvería muchas veces. Porque hay autenticidad sin estridencia en sus pueblos, porque hay una amabilidad honesta en el rostro y discurso de su gente. Deambulamos por Parikia, su capital, al final de nuestra estadía en la isla. Y no fue casual que la calle “La Odisea” haya sido una suerte de navío que nos vio naufragar a través de callejuelas insospechadas, empedradas y estrechas con casitas pintadas

de blanco, puertas de madera con su pintura agrietada de sol y las plantas de santa rita, trepando su color rosa por las paredes.

Ya era de noche cuando salimos del enredo de calles. Avanzamos hacia la costa y nos sentamos en un bar junto al mar. Bebí el tradicional ouzo griego. Un delicioso licor hecho a base a uva y anís, servido a temperatura natural y, aparte, una jarrita de agua y hielo. El ouzo admitía ser bebido solo, o con agua y hielo. Y ,si se va por la segunda, adquiere aspecto lechoso. Esa emulsificación espontánea era consecuencia del aceite de anís, contenido en la bebida, insoluble en agua. Sus 40 grados de alcohol permitían beber de a sorbos pequeños, tal cual haría con cualquier otra espirituosa, de esas que engalanan confidencias en horario nocturno.


(Iván) Rápidos pasaron los días envueltos en la magia del Egeo y era menester sacar energías de donde no quedaban para tomarse una copa, de noche, a la orilla del mar. Mi amiga quiso explorar el tradicional ouzo o licor de anís, pero mi curiosidad por el vino me obligó a pedir una copita del “dulce de la casa”. Esa medida hubiera sido vulgar en cualquier otro contexto, pero con el frío de la brisa marina, el aroma de la sal y el murmullo de las Cícladas, quedaría para siempre guardada en mi memoria.

Continuará…

¡Próxima entrega 9/7!

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