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Diálogos de un viaje a Grecia, tercera parte

Diálogos de un viaje a Grecia, tercera parte

Dos miradas. Dos islas. Un mar

Junto al Sommelier Iván Tkaczek, nos propusimos el desafío de escribir (por separado) sobre mismos temas, movidos por incumbencias profesionales, sensoriales y emocionales compartidas. Las miradas a veces se complementan, a veces coinciden y, otras, difieren.

Lo que sigue es el relato cruzado, de dos amigos que recorrieron juntos las islas griegas de Paros y Santorini, hace un año atrás

Vides de cabeza, Santorini. Grecia. Por Mariana Gómez Rus

Tocando vides de forma coronada

(Mariana) Cuando salimos de Santos Wines caminamos siguiendo la ruta y el rastro de las vides de forma coronada: plantas de vid dispuestas a manera de nido, para proteger a los racimos de los vientos, frecuentes, en la isla de Santorini. La caminata, un poco a ciegas, nos condujo a Megalochori, un caserío cuya belleza residía en su simpleza y rusticidad, sus calles empedradas y estrechas, y la ausencia de turismo a lo ganado. Quizás lo más encantador de la villa era que, justamente, no era turística.

Atravesando su arco de cinco campanas, justo pasando la plaza principal , vimos una taverna que se convirtió en refugio para nuestras piernas cansadas, nuestra sed y hambre. Negociamos el almuerzo, volveríamos a las spanakopita que tanto me gustaban, si Iván seleccionaba el vino de la casa (que llamaba su atención en, casi, cada lugar al que llegábamos).

Luego del almuerzo, nos pusimos en manos de una app de senderismo que nunca habíamos utilizado. El pueblo quedó atrás. Tomamos un sendero estrecho, con ondonadas, terrenos productivos y corrales delimitados con pircas. Nuestra única compañía eran los viñedos de cabeza y las ovejas. La caminata fue dura, casi siempre en subida. Así que, cuando llegamos al próximo pueblo de Pyrgos, nos premiamos: Una bochita de helado de frutilla para Iván y otra de pistacho, para mí.


(Iván) En la caminata, recorriendo el desnivel desde la cooperativa hasta el pueblito de Pyrgos, pude acariciar y asombrarme con las vides tejidas en forma de nidos, como único recurso para proteger los valiosos racimos de la inclemencia del viento. Me pregunté cuántos siglos llevarían allí esas mismas plantas y cuántos dolores en la espalda llevarían a cuestas las miles de familias que trabajan a fuerza de penas y fatigas ese terreno tan inhóspito. Y, más tarde, fue gracias a la maravilla de la tecnología, en la forma de un mapa anclado al GPS, que nos animamos a recorrer los senderos marcados como líneas de puntos, y aventurarnos a seguir el mismo camino que hacen las cabras y los pastores. Alejados de las rutas de los vehículos, por momentos la tierra era tan negra y desolada que bien pudiéramos haber sido Sam y Frodo en la hostil aridez de Mordor.


Caminando por terroir de ceniza volcánica

(Iván) Siempre me gustó caminar. Supongo que es la recompensa física para los que no somos amantes de hacer deportes. Pero si tuviera que hacer el recuento de mis 100 recuerdos más felices, seguro muchos de esos serían largas caminatas. Cierto que no todos los días te podés dar el gusto de recorrer 12 km al borde del cráter extinto de un volcán del Egeo. Y esa sensación de “primera y última vez” le dio una significación especial. ¿Será como una necesidad de seguir los pasos de nuestros antepasados que migraban en busca de comida? ¿Algún rastro genético de antes de volvernos sedentarios? Después de la emoción verborrágica de las primeras horas, el cansancio deja lugar a la reflexión y es ese momento, en que agradecemos la ausencia de todo tipo de conexión tecnológica con el mundo. A partir de los 200 metros de altura, el mar se ve diferente: en vez de engullir la luz del sol se convierte en un espejo o suerte de coraza donde el cielo gris azulado se invierte y las nubes navegan (o se deslizan, mejor dicho) codo a codo con los barquitos.

Sendereando rumbo a Oia. Imagen de Mariana Gómez Rus


El sendero es una larga serpiente apretada de un lado por el mar y, del otro, por la ruta que jamás está en silencio porque si algo sobra en Santorini es gente.
Si la vida me volviese a dar el regalo de recorrer esos escalones de piedra y ceniza negra del volcám haría el esfuerzo de comenzar a la salida del sol pero, eso sí, asegurarme el mismo premio que la primera vez: el pulpo más sabroso en ese lugar donde, durante una hora, pasé del otro lado de la pantalla y fui el chico afortunado disfrutando un almuerzo digno de película.

Pulpo grillado con pasta de tomates secos y baba ganoush. Imagen de Mariana Gómez Rus

(Mariana) La proeza cúlmine de Santorini fue la caminata hasta Oia, la típica postal de turismo que hace referencia a Santorini en cualquier sitio de viajes o red social referida a la isla griega.
Caminamos desde Fira (donde estaba nuestro hotel) hasta Oia, bordeando la costa o, mejor dicho, el acantilado que (después de 400 metros de desnivel) se conviertía en costa. No nos quedaba claro qué tipo de caminata nos esperaba. Solo leímos un cartel que rezaba dos horas y media de caminata hasta el destino final. Y creo fue mejor que haya sido así porque, de haber sabido que nos separaban 12 kilómetros de camino en subida, al rayo del sol de las 12 del mediodía y con un escaso litro de agua para hidratarnos ( sin lugares con sombra o provedurías para recargar agua en el camino), posiblemente hubiésemos desistido.

Fira. Imagen de Mariana Gómez Rus


Al final del camino, lejos de lo que me despertó Megalochori, Oia me pareció turístico al extremo y artificial. Los turistas, como enjambre de abejas, iban apelmasados de un lado al otro, con sus cámaras y sus euros, intentando tenerlo todo. Decidí quedarme con lo verdaderamente bonito de la jornada: atravesar nuestro cansancio y tomar el paisaje, que se iba descubriendo ante nosotros agreste , oscuro y sobrecogedor. Las vistas, desde el acantilado, con el mar de una extraña calma azul y Oia… allí en la punta, como una lengua de casitas blancas que moría en el mar.-

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