Una historia natural del Desierto

Todo aquel que permanezca cierto tiempo en Mendoza ve su atención naturalmente atraída hacia los viñedos del Sur o hacia el Oeste y sus montañas. Nadie mira hacia el Este, salvo cuando consideran a Buenos Aires bien a la distancia, o bien cuando contemplan un viaje largo a Córdoba. Los vastos páramos de la región de Cuyo son mayormente observados desde detrás de la cortina de un bus o bien desde la ventanilla de un avión; y la sensación suele ser ¡“Dios, no hay absolutamente nada ahí abajo”!

Parecería que la sonda espacial Rover tendría más chances de encontrar vida en Marte, que cualquier viajero descarriado tropezando a través de los arbustos del inmenso interior mendocino.

Este punto ciego inquisitivo se encuentra manifiesto en todos los artículos foráneos y guías de viajes que se hayan escrito sobre Argentina. Hay muy poco acerca de las llanuras desiertas de Mendoza, San Luis, San Juan y La Rioja. Cuando los organizadores del Paris Dakar estaban buscando rutas alternativas para mandar a 300 franceses millonarios corredores de auto, desgarrando el paisaje (y sus consecuencias ambientales), eligieron este lugar, ya que, francamente, a nadie le importa.

Incluso yo asociaba a los desiertos con la muerte, o al menos, con una tarde de mucho calor bajo el cuello. Estaba mucho más feliz con una copa de vino en la mano en Luján de Cuyo que procurándome agua en Lavalle. Eso fue hasta que me casé. Mi esposa es de La Rioja-un horno rojo y tostado de calor abrasador y hostiles cactus, donde lo único que se mueve al mediodía es el termómetro y donde las siestas son una técnica de supervivencia (no un hábito de ocio). En ese lugar nunca apareció el señorito inglés (se quedó tomando vino en Luján de Cuyo).

Entre los deberes maritales se encuentra la obligación de viajar regularmente a través de la inmensidad árida. Es un viaje de seis horas a través de un desierto polvoriento en el que el alquitrán del asfalto reluce en el calor y en el que nos saludan las ocasionales carcasas de animales desde el borde de las granjas con una grotesca y desconcertante postura rampante. A pesar de la desolación, no es para nada aburrido. Siempre está la batalla para mantener el tanque de combustible lleno, que obliga a pagar en cada una de las escasas estaciones de servicio a pedir que nos lo llenen (a lo cual la respuesta suele ser “no”). La alternativa es arriesgarse a tener que quedarse en algún hotel de camioneros no muy salubre de algún pueblo de un solo caballo, esperando durante días  a que llegue el próximo camión de combustible (¿dónde estará ese caballo?). En la ruta, policías camineros muy serios nos paran y piden la licencia de conducir, seguro y algo de dinero para comprar un sándwich y una coca por favor.

Ese vacío inmenso puede llegar a ser placentero, no sólo porque el celular está en silencio y obsoleto, sino también porque sólo estás vos y la ruta abierta (sorprendentemente en buena forma) con nada que esquivar más que los ocasionales chivos perdidos y algún que otro Renault destruido con una población interna de 15 familiares. El cielo es gigante, sin obstáculos de montañas o edificios, mostrándonos un paisaje estelar glorioso. Las ocasionales tormentas eléctricas nos dan un espectacular show de rayos y truenos, precursores de ríos repentinos que desaparecen tan rápido como aparecen.

El desierto te atrae y está lleno de sorpresas. Puede ser tal vez esa columna de polvo morado, corriendo a través de la llanura, un remolino con aspiraciones de ser un gran tornado con intenciones de volcar tu auto. Una lagartija gigante corre rápidamente a través del camino. La larga cola de un zorro colorado se desliza detrás de un arbusto espinoso. Un conjunto de aves no voladoras corren cómicamente. De repente las fosas nasales se contraen y un olor no muy agradable envuelve el auto.

“Zorrino” Mi esposa responde antes de que pregunte.

El silencio es misterioso y exótico (para un citadino por lo menos) y la atmósfera levemente amenazante por el aleteo de horrible buitres sobre nuestras cabezas y por el miedo de que un jabalí salga de entre los arbustos y nos sorprenda con los pantalones abajo. La flora es prodigiosa y lejos de ser triste. El aburrido cactus explota en flores blancas, con aromas vegetales a vainilla. Las flores rojas de la hierba negra son una delicatesen en el reino de los chivos, sus semillas disputadas por armadillos, liebres y ratones silvestres. Mechones de pastos conocidos como poa y stipa cubren un campo quemado, contorneado por arbustos de creosota, plantas en cojines y árboles atrofiados que dejaron de producir hojas marchitas hace milenios; y en su lugar absorben los rayos del sol directamente a su corteza verde oscuro. El amado algarrobo y el árbol quebracho (literalmente el árbol que quiebra hachas) tienen raíces de hasta 10 metros de profundidad y producen frutas y sombra invaluables.

Entonces, ¿es este artículo un llamando turístico a las armas (o cámaras) en el que todos deberíamos interesarnos en el desierto mendocino? No, no lo es. El desierto seduce precisamente porque está desierto. No es coincidencia que las últimas personas de los pueblos originarios de la zona-los Huarpes, busquen continuar su existencia en la zona desértica del Este de Mendoza. Durante las sanguinarias búsquedas de aborígenes en el siglo 19, un pequeño grupo se resguareció aquí, albergando las esperanzas de que sus perseguidores no tuvieran interés en las desérticas tierras del Este. Estaban en lo cierto, y ahora en Lavalle se puede encontrar a los últimos Huarpes que permanecen sobreviviendo precariamente como el puma y el cóndor en las afueras, en sus casas color carbón, hechas de ladrillos de barro caseros, esperando que el desinterés local por el desierto continúe.

Diez tesoros escondidos de la Región Cuyo

Cuesta de Miranda—Es un paso de montaña en espiral en La Rioja, con cactus gigantes y esculturas de piedra roja.

Ischigualasto—un increíble parque de dinosaurios adorado por la National Geographic, pero despreciado por los turistas porque se encuentra a seis horas de distancia de la civilización.

Talampaya—imaginen el Gran Cañón del Colorado, sin los ridículos pisos de vidrio del puente aéreo y sin los turistas por supuesto.

San Antonio—un pequeño y pintorezco pueblo que fue  lugar de nacimiento de Facundo Quiroga, un sanguinario apostador y un adorado héroe de la independencia.

Mina de oro veladero— Tesoro escondido en el más literal de los sentidos, esta vasta mina de oro en San Juan puede no estar en el radar de ningún turista, pero está transformando la alguna vez empobrecida provincia y levantando mucho polvo entre los ambientalistas

San José de Jachal—una aldea de gauchos duros, este pueblo de San Juan tiene una cacerola en un zócalo de la plaza central, con una placa que dice “ten cuidado con los políticos”!

Telteca—una reserva natural de 220000 hectáreas en Lavalle que no va a ganar ningún premio como “Safari del Año”por Condé Nast, ya que adolece de animales de caza, pero que tiene muchas lagartijas

Valle Fértil—una ruta sinuosa a través de un valle bien verde en el medio del desolador desierto

Difunta correa—la más famosa de las mujeres que murió de sed se celebra en grutas pretenciosas en este pueblo sanjuanino que es la Lourdes de Cuyo

Lavalle—Dunas de arena, festivales religiosos y auténtica vida de desierto indígena pueden ser encontrados aquí.

El chimango—nunca será el presentador de lustrosas portadas de Birdwatcher International (los locales dicen “no gastes pólvora en chimangos”) este pájaro omnipresente, sin embargo merece cierto crédito por sus particulares instintos de supervivencia y adaptabilidad. Puede anidar en árboles o en el suelo y prospera en el desierto cuyano comiendo escarabajos y carroña de ruta. A diferencia de su primo, el glamoroso halcón y el águila, no es cazador y por ende no es codiciado por los cazadores—una muy inteligente táctica de supervivencia.

El ñandú—uno de los más maravillosos pájaros en el planeta (y por eso mismo uno de las que en más peligro se encuentra) el ñandú (también conocido como Rhea Americano) es perseguido por una otrora improbable alianza entre zapateros, diseñadores de indumentaria de cuero y bailarines de danza brasilera. Es una pena que su codiciada piel y plumas estén llevando a este ave tan noble hacia su extinción. Entre sus fascinantes hábitos encontramos una fase masculina que se muestra en duelos con otros machos por la supremacía sobre el harén de hembras, que como consecuencia ponen sus huevos en un nido comunal, de donde salen algo de 15 pichones para seguir la carrera dominante del macho.

Zorrillo nariz de cerdo—esta criatura cuenta con una de las más peligrosas glándulas anales en el reino animal. Si te cruzas con este animal y te rocía con el líquido, tiene la misma potencia que el gas lacrimógeno, y puede saturar las glándulas nasales a más de un kilómetro de distancia. Darwin pudo oler su peste mientras estaba en el barco. Alguna vez se pensó que estaba relacionado con la comadreja, pero exámenes de ADN probaron que de hecho se encuentra relacionado con el panda rojo. Es feliz mientras cava en el suelo busca insectos, así ha estado en el planeta durante 34 millones de años.

Tinamú de cresta elegante—su nombre en griego se traduce literalmente en “buen escape corriendo”, lo cual aplica bastante cuando ves a esta ave de tierra correr cabeceando locamente a la vera del camino. Parte de la familia de las aves no voladoras, el tinamú puede levantar vuelo pero no muy lejos. Prefieren los nidos en el suelo, debajo de arbustos bajos y los machos son padres modelo, que incuban y crian a los pichones, los que dejan el nido ni bien rompen el cascarón. Se alimenta de semillas, hojas, frutas e insectos.

El armadillo ciego o “pichiciego”—existen al menos ocho tipos de armadillo en Argentina, y son buscados tanto por su carne como por sus caparazones, usados para un instrumento tradicional conocido como “charango”. Este pequeño animal, también conocido como Pichi ciego, es el más pequeño de los armadillos y se destacan por la velocidad en la que se entierran si se encuentran amenazados, lo cual hace muy difícil desenterrarlos. Esta criatura nocturna se alimenta de hormigas y gusanos, tiene un caparazón rosado y  panza blanca y peluda.

El zorro gris—en las antiguas historias indígenas acerca del zorro y el jaguar, el primero siempre salió peor parado. Sin embargo la historia nos ha mostrado otra cosa. Este animal es listo y adaptable y domina el desierto, ya que muchos, si es que no todos los animales, le temen. También le temen los granjeros, especialmente preocupados por sus gallinas, chivos y cabras, pero muestran un poderoso entusiasmo por el pelaje del zorro. A pesar de la caza furtiva, el astuto zorro continua prevaleciendo, contento de esconderse en cuevas subterráneas o en cavidades de troncos, y pueden sobrevivir en una dieta muy variada que incluye pájaros, reptiles e insectos y ocasionalmente frutas.

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