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Un día en la vida de Isidro

Un día en la vida de Isidro

Puestero

Crónicas del desierto de Lavalle, parte 3

*Imagen de Portada: Isidro, retratado por Emilie Giraud

Era viernes a la noche cuando, entre charla de cerveza, unos amigos mencionaron que al día siguiente irían hasta el desierto de Lavalle. Iban a ver a un puestero, tenían que programar una visita educativa, con un grupo de estudiantes de intecambio, que venía en unos días. Cuando sugerí hablar por teléfono, mi amiga rió. Isidro, el puestero, no tenía teléfono y el único que había en la zona estaba en una escuela, a varios kilómetros de su casa. Además, era sábado. Nadie atendería ni acercaría el mensaje. Había que ir personalmente. Así que me apunté para acompañarlos. Fui pocas veces a Lavalle pero siempre me generó cierta fascinación su paisaje despojado, su paleta de ocres, sus casitas de barro, sus extensiones de nada (o, quizás, de todo) con sus pueblos tan cerca pero tan lejos, así… tan a destiempo.

Puesto lavalle
El puesto, retratado por Mariana Gómez Rus

Al día siguiente, arranqué bien temprano. Horneé un budín de limón, preparé el equipo de mate y llené el bidón de agua fresca (que siempre hay que llevar cuando uno sale para allá) . Pasé por mis amigos y salimos a la ruta.
A mitad de camino, en Villa Tulumaya, el quiebre con la ciudad ya se hizo evidente. En el “centro” de Lavalle el tiempo empezó a adquirir otro ritmo. Nos detuvimos a hacer una compra en una ferretería que resultó ser un ramos (muy) generales que vendía desde harina hasta pan o patay, pasando por semillas, rastrillos y jabón en polvo. Apenas nos internamos en la ruta, luego de pasar uno que otro rastrojero, el paisaje comenzó a mostrarnos su lado irreversible hecho de monte sediento, donde cada minuto empezaba a contar ciento veinte segundos y el letargo se volvía la regla.

Pasando las dunas de los Altos Limpios, giramos hacia la derecha y nos metimos en una huella seca infinita. Al final de un caserío disperso, detuvimos la marcha. Alguien salió a recibirnos detrás de un choco que vino corriendo hasta nosotros, moviendo la cola amistosamente. Desconcertado con la visita que acababa de llegar, y detrás de arrugas curtidas de sol y sin edad, a Isidro se le escapó una emoción (casi) vidriosa al ver a mis amigos y a mí, que era una completa desconocida.

Árbol y nidos, retratado por Mariana Gómez Rus

Miré a mi alrededor. Sus dominios estaban hechos de un peladero de tierra resquebrajada, una casa humilde, de adobe, con dos ventanitas muy pequeñas, un galpón, los corrales y el preciado jagüel.

Nos invitó a pasar. Debo admitir que me sentí un poco intrusa al principio. Es que no podía evitar registrar todo lo que veía. Cuando entramos noté algunas papas, y otros tubérculos, yaciendo en el piso de su cocina. Había, además, una precaria instalación eléctrica con cables medio pelados y en el aire que, de una manera extraña, interconectaban una heladera, un viejo lavarropas a paleta y un televisor que hacía rato no se encendía. En la pared, cerca de la mesa, había unos dibujos hechos a fuerza de tiza. Isidro no tenía hijos, pero sí hermanos. Quizás, pensé, algún sobrino-nieto le dejó ese garabato. Completaba la decoración un calendario de un un año que ya había pasado (hacía muchos años) y unas historietas desteñidas de Condorito. El piso era de tierra y estimé que, posiblemente, se las ingeniara para tenerlo siempre húmedo y, así, mantener su casa fresquita durante el verano abrasador. El adobe de las paredes, y el techo de caña y barro, amortiguaba la temperatura. Ese sábado de Agosto hacía frío, sin embargo, adentro se sentía tibio y olía a algo dulzón y a madera quemándose en la estufa. Olía a “casa”.

El jagüel, retratado por Mariana Gómez Rus

Nuestro anfitrión nos llevó a ver los corrales. Era evidente que su vida y la del puesto estaban, estrechamente, asociadas al recurso del agua. A pocos pasos de la casa había un jagüel, indispensable para que los animales pudiesen hidratarse en pleno desierto.
Los días en el puesto parecerían girar en torno a los animales y sus ciclos: abrirles la tranquera, separarlos, esperar a que vuelvan en la tarde; ordeñar las cabras, atender los chivos, dar de comer a pollos y gallinas. En el fondo del patio vimos unos hornos. Nos contó que en su tiempo libre hace vasijas de cerámica y, a veces, trenzado en cuero, valiéndose de elementos con los que convive diariamente: arcilla y cuero de cabra.

Cuando volvimos a la casa, Isidro nos invitó a almorzar. Entendí que las visitas son sagradas, no solo porque no aceptó nuestra negativa sino porque sacó lo mejor que tenía para festejar nuestra presencia. Había carneado un chivito. Puso más leña al fuego de la estufa e improvisó una suerte de parilla. Mientras la carne se hacía despacio, bebíamos y charlábamos. Isidro, desde su timidez, a veces conversaba pero, principalmente, escuchaba y observaba. No tengo idea de a qué hora comimos. Tampoco se en qué momento ya estábamos mateando al sol de la tarde, mientras yo traía el budín y las tortitas que habían sobrado de la mañana.

Humo, luces y sombras del puesto, retratado por Mariana Gómez Rus

Al final de la tarde, salimos a caminar. Esta vez nos adentramos en el monte quedando atrás las cabras, los caballos y un árbol centenario lleno de catas y nidos.
Atravesamos un campo de zampa y algarrobo mientras nos contaba, orgulloso, que el INTA había instalado allí una estación experimental.
Desconozco cómo habrá sido su educación formal pero entendí que el desierto y sus raíces huarpes lo instruyeron plenamente. Gran conocedor de las plantas del monte, nos contó que las usa cual farmacia a cielo abierto, y confesaba que ya ni se acuerda de la ultima vez que pisó la salita sanitaria. Llegamos a la punta de un médano y el sol ya empezaba a cambiar su color. Bajamos corriendo mientras él esperaba allá abajo. Se reía desde una inocencia, casi, infantil viendo cómo aterrizábamos, forzosamente, en la arena.

El ritmo vital de Isidro estaba signado por el movimiento del sol, despertándose y acotándose temprano. Así que, cuando regresamos al puesto, nos despedimos. Otra vez, noté emoción en su mirada.
En silencio, y con una nostalgia inexplicable, volvimos a la ruta mientras el sol ya rayaba el horizonte, y el desierto intercambiaba ocres por violetas.-

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