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Las aventuras de una enfermera en el fin del mundo

Las aventuras de una enfermera en el fin del mundo

En esta oportunidad las crónicas patagónicas de Gilda Isoardi nos traen detalles de la vida de Fanny Madsen, la primera pobladora extranejera establecida en El Chaltén

Allá, al Sur de la Patagonia, en la Villa de montaña El Chaltén, cruzando el Río de Las Vueltas, al amparo de una gran roca aborregada, hay una casita muy vieja. Su techo de chapa y sus ventanas vidriadas rodeadas de enredaderas le dan un aspecto apacible, como si en vez de haber sido construida hubiera -simplemente- crecido en el jardín.

Es la casa de Fanny Madsen, cuya historia pequeña pero vibrante como su carácter, nos llega de a retazos a través de los relatos de su esposo y las cartas de sus seres queridos.
Nacida en Jutlandia en 1891, en las planicies de Dinamarca, Stephanie Thompsen se convirtió en la primera pobladora extranjera a los pies del Fitz Roy, cuando no había aquí más que algunos vecinos a unos cuantos kilómetros, varios ciervos grises y cientos de zorros colorados.

Ventana del living De la casa de Fanny Madsen

Detrás de su casa el macizo centelleante del Fitz Roy se acurrucaba en una mullida alfombra de lengas.Para acceder al hogar de los Madsen era necesario por lo general vadear dos ríos a caballo, y ninguno de ellos poco caudaloso. Esta circunstancia algo inconveniente, tenía que ver más con el avance de las estancias laneras sobre los terrenos próximos a los lagos que con una elección de preferencia. Así, muchos pequeños propietarios se habían visto empujados al borde de la cordillera, ocupando lugares hermosos, pero no muy accesibles.

Sequoyas gigantes


Andreas Madsen, el esposo de Fanny había trabajado para la comisión de límites argentino-chilena bajo las órdenes de Ludovico Von Platten allá por el año 1901, cuando ambos países comenzaban a resolver el conflicto de fronteras. Los dos años que estuvo al servicio de la comisión en la zona de los grandes lagos patagónicos, fue suficiente para decidirse a vivir en ella y para el año 1914 la pareja se instaló finalmente al pie del cerro Chaltén.

Ya sea porque le apasionaba la lectura de medicina, o porque había estudiado primeros auxilios en Dinamarca (o porque tenía la sangre tan fría como el agua del río de las vueltas) lo cierto es que Fanny llegó a ser conocida en la zona del Lago Viedma como excepcional enfermera. Muchas son las anécdotas que la recuerdan cubriendo cientos de kilómetros para ayudar a un herido o traer un niño al mundo en los remotísimos ranchos patagónicos.

Valle del Río de las Vueltas
El corazón de la casa, la cocina económica

Sabido es que una hermana de Fanny era domadora de caballos y de otra se cuenta que una vez tuvo que tomar literalmente el “Toro por las astas” para ayudar a su marido matarife a salir de un apriete del oficio. Semejantes antecedentes probarán- tal vez- que la misma tenacidad de sus hermanas se encontraba en esta pionera cada vez que enfrentaba el vadeo delicadísimo del río de Las Vueltas. Una tarde, camino a atender a un niño con su hijo Fitz, Fanny detuvo los caballos junto a la orilla. El río corría fluido y silencioso. Frente a ellos la superficie lisa del agua denotaba claramente su hondura. A la mitad del vadeo los caballos perdieron pie y el agua helada les caló hasta la cintura. “No te asustes, hijo” le dijo ella –“estamos a nado ahora, guía el caballo derecho de través y no le dejes desviarse aguas abajo”. Increíblemente, lograron salir del otro lado y llegar a tiempo para atender al muchachito.

Recuerda Andreas que una noche se acercó a la casa un hombre algo siniestro y pidió a Fanny si podía a acompañarlo pues su mujer se encontraba muy mal. Por entonces era época de bandoleros. Nombres como Asencio Brunel, “el gran bandido de la Patagonia” alimentaban terrores en el imaginario popular. No era poco común escuchar historias de algún preso escapado de la cárcel de Tierra del Fuego. De manera que una circunstancia tan singular como esta no estaba exenta de peligro. Andreas se negó rotundamente, pero ante la determinación de Fanny, no tuvo más remedio que resignarse y entregarle una pistola a su esposa para que se protegiese . No será necesaria, dijo el extraño, pues: ¿Quién le haría daño a Fanny por aquí?

Descansando en el jardín de Fanny Madsen luego de un paseo en bicicleta

En otra oportunidad tocó vadear el río con el flamante nuevo Ford, tirado por bueyes, pero al atravesarse las ruedas en uno de los pozos de arena movediza, los esfuerzos de Fanny por hacerlo avanzar fueron en vano. El agua comenzó a entrar y las dos mujeres que se encontraban en el interior del coche debieron alzar un niño en cada brazo y pararse en el asiento delantero hasta esperar el salvataje. Pronto una cuerda fue tendida y lograron trasladarse hasta tierra firme. Andreas recuerda que era un placer viajar con su esposa hasta la costa, ella había sido la primera mujer de Jutlandia en sacar el registro de conducir y podían turnarse al volante sin problemas.

Montón de leña aguarda el invierno en el hall frío

Además de su labor como enfermera, Fanny llevaba cuenta de la estación meteorológica del Lago Viedma. Por años esta estación recibió elogios desde la central de Buenos Aires como la más precisa y prolija del país. Andreas se reía en cierta ocasión al ser felicitado por este trabajo: Les agradezco mucho estos elogios– dijo – pero los hago en nombre de mi señora, pues es ella quien ha hecho todo.

Esta pionera danesa tuvo cuatro hijos, tres de los cuales nacieron en su hogar con la única ayuda de su esposo. Entre tantas alegrías también hubo lugar para hondas tristezas pues sufrió la pérdida de dos de ellos: Fitz Roy, en un accidente de auto y Karl Richard, en misteriosas circunstancias ligadas a una triste historia de amor. Quién sabe a qué profundidades llegó el corazón de esa mujer…

Doña Fanny, como le decían cariñosamente en el Viedma, partió una mañana de invierno, a los 59 años. Había nevado durante diez días y la nieve se había acumulado en los cerros y junto a la casa hasta cubrir casi un metro. El blanco equilibrio de los copos sobre las sequoias del jardín y las rosas frías despidieron su ataúd. “Llevarla a su descanso final fue como su vida toda, una última aventura”, rememoraba su esposo.

La casa fue convertida en museo y, luego de la visita, se puede disfrutar de un clásico té inglés

Como ella había y hay muchas mujeres pioneras en el Sur de la Patagonia, que no ha sido poblado por colonos, sino individualmente. Así, cada hogar se convertía en un pequeño centro cultural y fueron esas valientes y abnegadas mujeres, que formaron esos hogares, las que pusieron la piedra fundamental del futuro de nuestra querida Patagonia: Sus nombres pueden entrar en la historia con letras de oro.

Latas de combustible reutilizadas para generar aislación térmica en la casa de los Madsen

Si pasás por el Chaltén y visitás la casa de los Madsen, hoy convertida en museo, verás que poco antes de llegar a la puerta principal un senderito verde se abre serpenteante sobre una colina hasta llegar a una verja de madera, algo desvencijada. Al traspasarla, un pequeño jardín cerrado, rodeado de rosa mosqueta y nomeolvides, crece junto a las tumbas de la familia. Tres de las lápidas son del granito del monte y Andreas mismo se encargó de tallarlas. Sobre la roca de Fanny algunos versos en danés le recuerdan: “Tú, tantas veces como tu esperanza fue rota, te erguiste nuevamente, tu nombre y tu memoria sean honrados en toda la Tierra”.

Andreas sobrevivió a Fanny 15 largos años, siempre recordándola con cariño. A su sobrino le escribió:

“En mi larga soledad suelo ir hasta la tumba de la tía Fanny y murmuro en el silencio de la noche. Oh, cómo deseo que el tiempo pase rápido. Hasta que volvamos a encontrarnos en la primavera de los tiempos y que nuevamente te vea sonreír”.

Seguramente, así fue.

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