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BodegUrbex

BodegUrbex

La urbex (o exploración urbana) es un estilo fotográfico que hace foco en sitios, en general, abandonados. En el Este europeo se lo conoce como Turismo industrial o Diggering y es todo un hit (IG está plagado de exploradores urbanos rusos)

Teatros ruinosos, hospitales derruidos, centrales atómicas clausuradas, casas y escuelas abandonadas, abúlicos parques de diversiones se convierten en material de exploración.

Sin duda, este tipo de fotografía es un fenómeno mundial en ascenso, incluso hay estudios sociológicos en torno al “modo” urbex. Revelar la belleza de lo decadente, retratar el paso del tiempo, investigar o alimentar el espíritu “creepy” que todos llevamos adentro, suelen ser alguno de los disparadores de cualquier explorador urbano.

Fotografíar éstos sitios conlleva algún que otro riesgo: La estabilidad de las estructuras a veces es vulnerable, las escaleras están deterioradas y pueden sucumbir o ir a ningún lado; agujeros en el piso, roedores, falta de luz. Sin contar que algunas construcciones pueden estar tomadas.

Por lo que la condición fundamental en cualquier visita es ser un poco invisible: Si nadie te ve o te escucha, bien; Si son dos o más y llevan linterna, mejor. Además, por seguridad y respeto: No se toca, no se fuerza, no se interviene, no se rompe, no se levanta. Simplemente se registra y no se dan precisiones de localización.

Bodegurbex

A la nota la titulé Bodegurbex porque para quienes nos gusta el vino y nos flashea este tipo de fotografía, también hay tela para cortar .
La industria vitivinícola argentina, a lo largo de su historia, ha sufrido avatares que incidieron en la vida de muchas bodegas cuyas épocas doradas, poco a poco (o súbitamente) se apagaron. Algunas fueron clausuradas, otras se tapiaron, otras quedaron “a la buena de Dios” habitadas por la maleza y el abanono.

Cambios drásticos en la forma de consumo, políticas económicas poco felices, larguísimas sucesiones, maniobras aventuradas y estafas, además de dramas familiares fueron algunos de los escenarios que – aislados o combinados- hicieron sucumbir sus glorias, volviéndolas espacios llenos de despojo y polvo.

Cuando escucho a familias bodegueras hablando, con cierta soberbia, sobre su cuarta o quinta generación haciendo vino, puedo entender -ahora- que ese orgullo desmedido es razonable: No se trata solo de hacer vino, crecer y construir un patrimonio. Hay tantas vicisitudes en el camino que sortearlas y mantener el negocio con vida después de un siglo -y siempre en las mismas manos- es una verdadera hazaña.

En acción

La tarde de mi última Bodegurbex dejé el auto a algunos metros de mi objeto de interés, medio solapado debajo de un sauce. La bodega retratada (o lo que queda de ella) elaboraba vino en varias provincias vitivinícolas y contaba con múltiples plantas de fraccionamiento en distintos puntos del país.

Una bestia vínica que, casi inimaginable, producía más de dos millones de litros de vino por día y ,hacia mediados de los 70s, sus vasijas de roble ya llegaban casi al siglo de existencia. Un monstruo, ahora, agónico y silente al final de una ruta de ripio, en un camino a ninguna parte.

Del sector frontal de la bodega (quizás oficinas) solo quedaban escombros y, en algunos de ellos, aún se vislumbraban vestigios del logo de la antigua empresa. Fui acercándome de a poco, quizás buscando asegurarme que solo yo andaba por ahí. Mientras avanzaba a lo que fuera el área de producción, el silencio se volvía apabullante…Tanto que escuchar mis pasos, en el pedregal, aturdía.

El tamaño de la bodega era colosal. Atravesando un playón pelado descubrí una escalera que rodeaba un gran tanque de cemento y la advertencia “NO”, escrita en aerosol, me hizo cambiar el rumbo. En el camino encontré tableros eléctricos desmantelados, esqueletos de prensas neumáticas alineadas, restos de azulejos, antiguas piletas de cemento intervenidas con grafittis y varios lagares llenos de mugre, maleza y hojas secas.

Un depósito, con cuatro o cinco entradas, se extendía hacia uno de los lados. Varios de los portones permanecían clausurados con cadena, candado y telarañas tejidas durante décadas. Pero uno de ellos estaba abierto de par en par y me invitaba a pasar.

Me asomé con algo de recelo y, entonces, la ví: Una larga fila de agónicos, resquebrajados y gigantes toneles se extendía hasta perderse, al final del depósito. Resistían el paso del tiempo y el abandono. Sus pequeños accesos inferiores (por los que el tonelero ingresaba a raspar y limpiar) habían perdido las puertas y el hueco oscuro se percibía, a la distancia, como bocas abiertas emitiendo gritos ahogados.

La luz de la siesta se filtraba dibujando rayas perfectas a través de las cañas, lo único que quedaba del techo. Ante la ráfaga de disparos de mi cámara, un grupo de palomas asustadas voló en dirección a una ventana rota por la que entraba un círculo de luz.

El espíritu urbex pone tus sentidos y cuerpo en alerta. Respirar lo que había allí dentro, esa tarde, fue sobrecogedor.-

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