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Bandidos rurales (de Sur a Norte) tercera entrega

Bandidos rurales (de Sur a Norte) tercera entrega

Ascencio Brunel, el bandido que susurraba a sus caballos

Ascencio Brunel, el bandolero más legendario de la Patagonia se encontraba sentado en un pequeño cuarto gris en el segundo piso de la comisaría de Trelew. Una circunstancia algo desafortunada, con la tribu del cacique Salpú, lo había puesto a merced de la policía y ahora sus manos sujetas con gruesos grilletes descansaban sobre una mesita junto a una pila de papeles públicos. Mientras rumiaba su mala suerte, pudo ver de pronto cómo el guardia de la seccional dejaba inocentemente su alazán atado justo debajo de la ventana. Calculando la distancia Asencio dio un salto de película, cayó sobre la montura y se hizo a la fuga. Lo siguiente que supieron fue que los grilletes habían sido hallados junto al río.


Este bandido, cuyas hazañas eran contadas de rancho en rancho obligaría a más de un terrateniente a contratar personal extra para cuidar su ganado y a los demás mortales a pasar noches enteras en vilo. Sobre su origen hay distintas versiones, algunos dicen que había nacido en Uruguay y se había trasladado luego a la Patagonia en busca de fortuna a finales del siglo XIX. En aquel momento una incipiente fiebre del oro y rumores de que era posible ocupar tierra, circulaban en el mundo atrayendo toda clase de personajes.  Otros en cambio, afirman que su madre era inglesa y su padre italiano, y que tanto Ascencio como sus tres hermanos habían nacido en Malvinas. 


Lo cierto es que en 1888 llega a Punta Arenas, apenas unos años después de que la viajera inglesa Lady Florence Dixie comentara a su paso por allí que: “le costaba imaginar que existiera un lugar más deprimente en el mundo”.Es en esta villa solitaria de calles vacías y azotadas por el aullido feroz de “los sesenta bramadores”, donde un ataque de celos lleva a Ascencio a cometer el asesinato que lo pondría desde entonces al margen de la Ley. A partir de allí sus robos de ganado mantendrían enloquecidos a los locales por más de 15 años.


Este bandolero tenía, al parecer, una forma especial de entrenar sus caballos para que galoparan a la par suya de manera que pudiera saltar de uno a otro en plena carrera para no cansarlos y así poder huir más rápido. En cierta oportunidad en el Valle del Guenna (cerca del actual Gobernador Costa), aprovechó que la tribu del cacique Salpú estaba de borrachera para cuatrerearle unos animales de gran valor. Algunos de los indios que habían quedado de guardia alcanzaron a verlo mientras revoleaba el famoso cuero de puma que utilizaba para agitar a la tropilla. Lograron darle captura y Ascencio fue llevado a la seccional. La historia de cómo logró escapar ya la conocemos.


Como nota de color los paisanos contaban que nunca lograban darle alcance, pero en cambio podían adivinar su recorrido porque a su paso quedaban los animales muertos, sin lengua. Al parecer era su bocado predilecto.Clemente Onelli, secretario de la comisión de límites encabezada por Perito Moreno y uno de los protagonistas en el mentado desvío del Río Fénix, relata que a finales del invierno de 1900 la tribu del cacique Kankel se encontraba a la orilla del río Senguer cuando divisaron a lo lejos la figura de Ascencio entre los animales. Pronto organizaron la redada y sigilosamente se fueron acercando. Al verse rodeado Asencio atropelló contra ellos y emprendió la fuga hasta llegar a uno de los pasos del Senguer. Sobre la correntada se apoyaba una fina cubierta de escarcha. Onelli detalla que el bandido se hizo al agua y que cuando su caballo fatigoso estaba casi llegando a la otra orilla un tiro certero puso fin a su vida.


Pero esta no es la única vez que se contó el fin de Ascencio sin que realmente lo fuera. En otra ocasión un relato de Long Jack (pionero del Viedma) refiere cómo una vez unos peones trajeron a Ascencio medio muerto. Habiendo salido para encargarse de las faenas del campo, los paisanos dieron con los restos de una vaquillona recién carneada. Alertados por rumores de robos recientes salieron determinados a buscar al cuatrero. Era ya entrada la noche cuando escucharon una voz cantando entre los cerros (al parecer alguna marcha patriótica). Al acercarse oyeron el grito “no tiren” pero acto seguido sonó un disparo y sin demora fue respondido con otros cinco disparos.


A la madrugada siguiente pudieron observar el rastro de un hombre que había dejado huellas de sangre sobre la nieve y finalmente llegaron a él. Era Ascencio. En un principio pensaron que estaba muerto, pero en verdad el frío había retrasado el desenlace y pudieron llevarlo al rancho para que lo atendieran. Al poco tiempo recobró la salud y del episodio solo le quedó una renguera producida por una bala que entró por su cadera y salió por su rodilla.
Muchas historias circularon sobre él, pero todas coincidían en que no tenía “alma ni cinismo para el crimen”. Por eso cuando en el año 1904 el pionero Max Volmer apareció asesinado en la “Vega Del Finado” (como pasó a llamarse desde entonces el lugar de los hechos), muchos dudaron de que el autor hubiera sido realmente él.  Mientras se curaba las heridas en la comisaría al cuidado de Long Jack, Ascencio se lamentaba: “si tan solo hubiera hecho caso a mis caballos, no me hubieran atrapado. Varias veces vinieron a advertirme para que huyera y yo no les presté atención”.


Como sea, la historia de Asencio no termina allí. Luego de tantas veces muerto y resucitado, finalmente fue llevado a la cárcel de Palermo en Buenos Aires. Dice Andreas Madsen, uno de los primeros pobladores del Chaltén, que allí los admiradores le daban donaciones para que pudiera establecerse honestamente, lo cual al parecer hizo unos años después y se compró una finca en el Chaco.  De lo que pasó después no existe registro escrito, pero a decir del historiador Mateo Martinic “el recuerdo de sus correrías sirvió, sin embargo, para animar las charlas de fogón por espacio de muchos años”.

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