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Bandidos rurales (de Sur a Norte) **Segunda entrega**

Bandidos rurales (de Sur a Norte) **Segunda entrega**

Los bandidos de acá: El anecdotario de cuatreros cuyanos

Los mensajes del ladrón, Juan Francisco Cubillos

El gaucho Cubillos era oriundo de Rancagua, Chile. Cruzó la cordillera buscando mejores condiciones de vida. Llegó hasta Mendoza y se instaló en Tunuyán. Ya corría la segunda mitad del Siglo XIX y su situación de pobreza era tan deseperada que se volvió cuatrero. Robaba gallinas y ganado a los ricos. Muchas veces compartía sus botines con los pobres; se hacía de caballos y luego los traficaba por veinte pesos. No le amedrentaba nada, de hecho uno de los caballos sustraidos pertenecía al comisario Peñaloza.
Curiosamente, cuando robaba solía dejar una notita que decía, más o menos, así:

“Le aviso que a sus caballos los robé yo. No los busque. Juan Cubillos”.

Según se cuenta, en los crímenes de Cubillos, nunca hubo muertes o derramamiento de sangre…Solo aprovechaba la oportunidad, se hacía de lo ajeno y comunicaba su ilícito a la víctima.

Pero la policía se hartó de Cubillos, puso el punto sobre la i y un precio a su cabeza.
Cubillos fue evadiendo la captura y la montaña supo ser su mejor refugio durante algún tiempo . Así se lo vio rondar las minas de Paramillos quizás, también, movido por la fantasía de robar algún metal precioso o, simplemente, buscando esquivar la ley en un sitio poco accesible…Quién sabe. Lo cierto es que los mineros le tenían simpatía, Cubillos siempre aparecía con cigarros, azúcar, incluso dinero para repartir, ahí en Paramillos.

En 1895, en circunstancias poco claras, el gaucho fue ultimado. Desde aquel entonces en Paramillos, cerca de la mina, hay una cruz negra decorada con algunas flores de plástico, indicando el lugar en que pasó a mejor vida. Sus restos descansan en el sector antiguo del cementerio de Mendoza. Irónicamente, frente a él, se encuentra la lápida del policía que le dio muerte.

Como suele ocurrir con personajes de esta naturaleza, luego de su muerte vino el fenómeno de los milagros y la santidad popular. Dicen que si se le pide, el Gaucho cumple.
La tumba e historia de Juan Francisco Cubillos puede conocerse a fondo en los tours al cementerio, organizados por la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza.

Alma guerrillera, Martina Chapanay

No se sabe a ciencia cierta si nació del lado de Mendoza o del de San Juan, sí se cree que fue en el área de las Lagunas de Guanacache. Hija de madre blanca y padre huarpe, de pequeña Martina mostró gran aptitud manejando cuchillos o andando a caballo en los arenales. Cuando su madre falleció fue enviada a un hogar de San Juan. La educación y trato rígido desagradaron a la joven y escapó. Sin recursos, se refugió en otra comunidad huarpe y comenzó a ganar sustento asaltando a viajeros en caminos solitarios. Para ese entonces ya manfiestaba carácter intransigente y justiciero.

En época de gesta sanmartiniana, junto a Facundo Quiroga, se puso al mando del General San Martín convirtiéndose en chasqui del ejército libertador. Tiempo más tarde le llegó el amor. La atracción entre Chapanay y Cruz Cuero fue mutua e instantánea pero Cruz Cuero estaba lejos de ser el candidato ideal . Era bandolero, asaltaba, saqueaba y también tenía fama de tipo violento. Juntos eran una suerte de Bonnie & Clyde colonial.

La Martina no tenía idea de lo que era una enagua. Iba siempre de pelo suelto, vestida con botas y chiripá, rompiendo abiertamente con el estereotipo femenino de la época . Además se había vuelto diestra en el uso el facón. Con Cruz Cuero robaba a viajantes, caminantes y arrieros. Pero hubo un evento determinante, un asalto que terminó con botín y rehén. En esa oportunidad rogó a Cruz Cuero que dejara ir al cautivo pero, lejos de hacerlo, obligó a Martina a darle muerte. Presionada, ejecutó un disparo al aire lo que desató la ira de su pareja que la golpeó hasta dejarla tirada en el suelo para, finalmente, dar muerte al hombre. Enardecida, Martina se puso de pie y mató a su bandolero amante, ante la mirada estupefacta de los demás delincuentes que integraban la banda.

Históricamente, el país se encontraba en pleno conflicto entre Unitarios y Federales. Por aquel entonces, Martina Chapanay volvió a las filas del caudillo Facundo Quiroga a quien ya conocía bien. Luego de asesinado Quiroga, siguió al mando del Chacho Peñaloza pero no por mucho tiempo. Su ocaso vendría en un enfrentamiento armado con la policía, durante el gobierno de Bartolomé Mitre. La cosa terminó mal, muy mal… Mientras la cabeza ensangrentada (y decapitada) de Peñaloza se exhibía como trofeo en la plaza principal, Martina escapaba del destino de su jefe.

Con el tiempo logró un indulto e, irónicamente, fue nombrada Sargento de la policía de San Juan. Su nuevo jefe sería aquel quien dio muerte a Peñaloza. Públicamente, Martina desafió al policía a duelo que, rápido de reflejos, pidió la baja y escapó.

Chapanay falleció en 1887. Su tumba está en Mogna, provincia de San Juan. Su lápida se volvió centro de devoción popular.

Un Robin Wood en las pampas, Juan Bairoletto

A penas llegó a la edad adulta, el santafesino Bairoletto ya se vio envuelto en problemas: En la provincia de La Pampa mató a un policía por un asunto de polleras, motivo por el que permaneció tras las rejas algún tiempo hasta que escapó y se prometió nunca más volver a ser apresado …Y cumplió.

Y si bien la anécdota anterior tenía cierto tinte romántico, la realidad es que este bandido siempre estuvo involucrado en cosas turbias. En su prontuario hubo gran cantidad de robos, reparto de propaganda anarquista, asaltos y muertes que lo obligaron a huir de un lugar a otro, hasta que algún lugareño le proporcionaba algo de alimento y refugio temporal. Vivía para burlar a las fuerzas de seguridad y, para muchos, fue considerado una suerte de “Robin Hood” local, ya que no dudaba en compartir sus botines con los más necesitados.

Cabalgó el Norte junto a Mate cocido, otro bandolero violento de gran prontuario. Le gustaba el juego y las visitas al prostíbulo. A los 30 años tenía tantas andanzas como pedidos de captura y era buscado por la policía de La Pampa, Río Negro y Mendoza. General Alvear fue su última residencia…y “resistencia”.

Al llegar al Sur de Mendoza cambió su identidad y pasó a ser “Francisco Bravo”. Pero esta vez la ley fue más rápida: El Bravo Bairoletto ya estaba marcado y un buen día, viéndose sin escapatoria, tomó la pistola y se voló los sesos justo antes de ser apresado por la policía.

Esto sucedió en 1941. Dicen que fue el último bandido rural.

La casa en que viviera ya no está, sin embargo vale la pena dar una vuelta por Carmensa, el pequeñísimo distrito alvaerense que lo viera pasar, ubicado a pocos kilómetros de la ciudad cabecera. Además, es posible visitar su tumba, fácilmente reconocible, en el cementerio de la ciudad de General Alvear.

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