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Aconcagua, memorias de una campamentera

Aconcagua, memorias de una campamentera

Era la cuarta vez que entraba al Parque Provincial Aconcagua y, en esta oportunidad, no subía el monte por la mítica plaza de Mulas con su playa ancha, sus viejos y queridos fantasmas y su dorado faldeo, que hace que el cerro se vea naranja al atardecer

**Las Fotos de esta nota son de Miguel Andrade**

Esta vez tocaba subir por Plaza Argentina, con otros colores, y otros ríos y otras historias. Un universo que no alcancé a atisbar hasta que no estuve ahí arriba y hube compartido más de un fuego bajo las estrellas, y hube brindado más de una vez con los arrieros, antes del cruce del río Vacas, en una casita pequeña que fue construida para protegerlos.

atardecer en Plaza Argentina, con el sol poniéndose detrás del cerro Ibáñez

A diferencia de Plaza de Mulas, cuya aproximación bordea 27 km (como la orla de un vestido) el faldeo Suroeste del cerro, Plaza Argentina se alcanza solo después de caminar 42 km. Lo que implica un día más de marcha y el vadeo de un río rumoroso y más ancho que profundo (aunque habrá quien me contradiga dependiendo la hora, el día y el mes en que lo haya cruzado).

Experiencia andina

De mi primer cruce recuerdo tres cosas: La ansiedad que me producía adivinar la fuerza de la corriente y la profundidad del río, el frío del agua y la pérdida de una hermosa zapatilla que vi viajar- inexorable – por la zigzagueante corriente, hasta perderla de vista. La velocidad constante y suave del agua, de ese día en particular, aumentó la frustración de verla alejarse de mí muy lentamente, tan lentamente como mi capacidad de reacción para recuperarla.

Río Vacas

Tal vez sean éstas, y un poco de logística extra, algunas de las razones por las cuales (en el escenario que despliega año a año Aconcagua) ésta quebrada haya quedado un poco relegada a la hora de ser elegida para entrar en el parque.

Como comenté, esta era la cuarta vez que subía al cerro Aconcagua; la segunda por trabajo, desempeñándome como campamentera para una reconocida empresa de servicios logísticos en el cerro. Las dos anteriores había subido por motivos puramente soñadores, por la magia y la emoción que me produce estar en las montañas y en especial Aconcagua, cuyo nombre solo es precedido por su leyenda. En pocas palabras, como ya lo dijo un referente del andinismo mundial, se trataba de “La conquista de lo inútil”. De éstas experiencias me llevé una cumbre memorable: Un día absolutamente calmo y soleado, donde la columna vertebral del cerro se perfiló como una magnífica cresta de pescado, contra el cielo diáfano que no lo olvidaré jamás.

Delicias de la cocina de altura, garrapiñada de maní

Campamenteando

Conocía solo a algunos de los compañeros de trabajo con los que iba a compartir mi estadía, pero tenía la certeza (porque ya lo había vivido antes) de que cuatro meses conviviendo las horas y los días sería más que suficiente para hacer grandes amigos y algún que otro enemigo, sobre todo cuando la reticencia para lavar platos con el agua helada (y menos 15 grados) comienza a generar pequeños resquemores que se vuelven tormentas hacia el final de la temporada.

Tanque de agua congelado

La vida de campamentero a 4200 metros es absolutamente intensa, maravillosa y llena de altibajos, casi como la de una estrella de rock de los 70. Podría decirse que el vaso de las experiencias se apura hasta el fondo, tanto en los momentos felices como en los no tan felices. Servir una cena puede convertirse en una travesía de pasillos de nieve y furia de viento entre domos calefaccionados. Una mercadería que se recibe implica conocer el manual de helioperaciones en la maniobra más adrenalínica que he vivido para recibir tomate fresco o unos pocos kilos de papas. Transportar cargas de un campamento a otro es la aventura que todos los días lleva a lo porters a subir prácticamente tres cuartas partes del cerro con, al menos, 20 kg en sus espaldas en una demostración de entereza física y mental asombrosa, entre otros tantos ejemplos.

Porters

Vivir, casi, en la cima

Plaza Argentina es pequeña, claramente una hermana mucho menor que Plaza de Mulas y por lo mismo encantadora. La corta distancia que separa los domos de distintas empresas, popularmente catalogados como “barrios”, es fácilmente cubierta en pocos minutos y esto promueve las visitas y los mates.

Cada barrio tiene sus domos principales donde se reciben y se atienden a los clientes. Domos de comunicación, cocina y comedores, living y esparcimiento se ubican de forma ordenada uno en torno a otros. Luego, un poco más alejado, se desparrama una multitud de carpitas que durante la temporada se convierte en el palacio donde cada trabajador es dueño y señor. Una carpa que va a habitarse durante cuatro meses está cuidadosamente armada, a menudo ampliada con una media sombra que cumple la doble función de proteger la tela de la carpa del sol y constituir una pequeña antesala y guarda botas o algo similar (hablamos de un hall frío, extremedamente rudimentario y que se atrevan a decir algo al respecto).

Domos de plaza Argentina

Cada uno de los dueños de casa se asegura de haber subido un colchón para hacer su estadía un poco más confortable. Recuerdo haber comprado un colchón nuevo para Plaza Argentina, demasiado grande para ser enrollado y transportado apropiadamente en una mula o eso pensó la mula que debía cargarlo y tomó la precaución de ir sacándoselo de encima y arrastrarlo unos cientos de metros para, en el final, acostarse impunemente a dormir una siesta en él.

Descansando y preparando una carne a la parrilla

Dos aspectos muy notables de esta hermosa y singular quebrada es, por un lado, el primer encuentro con el Aconcagua. Sucede aquí algo muy distinto a Plaza de Mulas donde el cerro es intuído ingenuamente por el andinista advenedizo pero su proximidad no permite apreciarlo  a menos, claro,  que se realice el trekking hasta Plaza Francia y, desde allí, se tope con 3000 metros de una monstruosa pared glaseada.

En Plaza Argentina, es el segundo día de aproximación, justo antes de llegar a Casa de Piedra, cuando una ventana entre cerros se abre directa hacia la montaña. La marcada vertical que recorre la cresta cimera por el Glaciar de Los Polacos, unido a una clara diferencia de altitud con los cerros aledaños, enfrenta al andinista con el verdadero desafío que está por emprender. Y si algún valor faltaba hasta ese momento es probable que ya no lo encuentre más adelante.

Filo del guanaco desde la cumbre de Aconcagua.

 El otro aspecto notable tiene que ver con la posibilidad de completar la ruta 360°. Es decir, la circunferencia completa del Aconcagua, subiendo por Plaza Argentina y descendiendo por Plaza de Mulas. Un paseo sideral y redondo como un anillo.

Para el campamentero, el que se queda en la base mientras los otros suben, la tentación es creciente. Cada tarde, que llega una nueva expedición al campamento base, la emoción por la cumbre se renueva. Chispea en los ojos del que está por avanzar al siguiente campamento y enciende en nosotros el deseo de seguirlo.  Cada vez que una nueva expedición se despide, con las ansias propias de la aventura que esta por emprender, con gusto iríamos tras sus pasos. Es así como tratamos de buscar un huequito en la temporada, un huequito donde el clima esté bueno. Tiene que ser rápido. Un intento fugaz y posible, porque nuestros cuerpos se encuentran hacia el final de la temporada, aclimatadísimos y sobrados de motivación.

Seracs en las inmediaciones de Plaza Argentina subiendo el Cerro Ibañez

La montaña corriendo por las venas

Junto con mi amiga Fernanda, que se encontraba trabajando para una empresa vecina, conseguimos tres preciados días de buen clima. Dejamos nuestras tareas organizadas y partimos. La primera noche es en campo Tres de Guanacos, un balcón infinito que deja ver (hasta donde alcanza la vista) los cerros que se extienden hacia el Norte de la Cordillera de los Andes, hacia San Juan y el vecino Mercedario (6720).

Nuestra segunda noche es en Cólera (6000), el último campamento de altura. Allí la roca tiene formas extrañas y la erosión parece haber formado torrecillas como las que forma la arena con el agua cuando se escurre de entre las manos de un niño. Desde aquí partimos a la 5 de la madrugada, con frío y voluntad.

foto tomada desde la cueva al comienzo de la canaleta que lleva a la cumbre.

Por alguna razón (y tal parece que no soy la única) una profunda emoción me embarga en el filo del Guanaco. No en la cumbre sino una hora antes de llegar, dejándome el trabajo extra de tener que respirar entre zollozos, pero creo que viene de la sensación de certeza de que vamos a lograrlo y entonces me emociono. Para la cumbre no suelen quedar lágrimas sino un silencio contemplativo. Con Fer siempre fuimos de pocas palabras (o tal vez ella y yo no supe qué decirle) pero nuestro abrazo lo condensó todo, no hacía falta hablar.

Al terminar la temporada, como siempre, un aire de nostalgia anticipada se precipita al ver los despojos de lo que fue (hasta hace poco) un pequeño poblado. Si hubo algún baile, algún asado, alguna noche de cine entre campamentos ya nada lo indica, solo quedan los esqueletos pelados de las estructuras y nuestra memoria.  Por lo menos hasta la siguiente temporada que, como la primavera, vuelve a renacer cada año.

Mula que durmió la siesta en mi colchón

Partimos río abajo con una mochila pequeña, (gracias a las benditas mulas que llevan la carga más pesada). Luego de cruzar el Río Vacas, a las 19.00 horas y con los pies helados, nos refugiamos en la casita de los arrieros que junto a la puerta habían encendido un fuego y con la simplicidad y cordialidad que los caracteriza nos esperaban con mate, pan y el asado por comenzar. Sobre nosotros se caían las estrellas a pedazos, las mulitas pastaban cerca atentas al puma y el río arrullaba la tarde que ya estaba entrada. Brindamos por el fin de una ardua y gratificante temporada, por las amistades y por las cumbres.

De todos mis recuerdos, conservo este con especial cariño.

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