Manos sudamericanas cosechando en África

Manos sudamericanas cosechando en África

Por: Leandro Manini Williams

La pasión por el vino nos puede llevar por distintos caminos. En mi caso, después de trabajar casi dos años como guía de bodegas, decidí salir de mi zona de confort y embarrarme un poco. Contacté al dueño de la bodega De Grendel, De Villiers Graaff, y quedé en viajar en enero de 2017 a Sudáfrica para, simplemente, aprender. Desde la actividad vitivinícola hasta aspectos culturales, quería conocer como se vivía allí la época de la vendimia. Esto es un breve intento de contar algunas cosas aprendidas como latinoamericano entre los viñedos de la “Nación del Arcoíris”.
Porque esto –también- es África.

Estuve en la región de Durbanville, a 20 minutos de Ciudad del Cabo. No habían leones ni elefantes, aunque si tenía grandes antílopes y cabras-de-leque a metros de mi dormitorio. El viento del Atlántico hacía sentir los días cálidos y las noches frías, siendo excepcionales las veces que no salí con una campera en pleno verano – fica a dica para los viajeros-.

Al estar en el mismo hemisferio que Argentina, la época de recolección de uvas era de fines de enero a marzo. Sudáfrica fue el octavo productor mundial de vino en 2016. Cuando llegué, ya habían comenzado a cosechar Pinot Noir para su espumante, por lo que durante mi primera semana estuvimos atentos a la maduración de las restantes uvas para arrancar la cosecha.

Mientras, me iba enterando de ciertas cosas. El vino que más beben los sudafricanos es el Sauvignon Blanc, con características más verdes mientras más se acerca al océano. La uva blanca más plantada es el Chenin Blanc, usada más para brandy que para vino. Poseen una variedad única llamada Pinotage -cruce entre Pinot Noir y Cinsaut- que es la uva tinta más plantada en el país después del Cabernet Sauvignon y del Merlot. Las regiones de Stellenbosch, Paarl y Franschhoek también son recomendables para los amantes del vino.

Tuve la suerte de poder dormir en la bodega donde trabajaría. Propiedad de la familia Graaff, De Grendel tiene una extensión de 850 hectáreas. En el año 2000 se embarcaron en la producción de vino plantando 110 hectáreas. Hoy están buscando la mejor calidad posible y están replantando las uvas de mejor resultado, como Merlot y Sauvignon Blanc. Un viejo establo reacondicionado para vivienda fue mi hogar durante mi experiencia. Era gracioso pensar que había sido construido exclusivamente para caballos argentinos, lo que en parte explica porque me sentía como en casa.

Muestras, poda y conducción entre viñas y viñedos
El gerente encargado del viñedo se llamaba Kudzai. Nativo de Zimbabwe y con un posgrado en economía agrícola, trabajaba con su esposa en De Grendel y tenían dos hijos. Era de esas personas apasionadas por las plantas que llegaban a diferenciarlas de un vistazo y a decirte su nombre en latín. Durante los primeros días me fue guiando por las plantaciones y pude apreciar las diferencias con la vitivinicultura en Latinoamérica. También me presentó al enólogo Charles y al encargado Filipe, con quienes trabajé los días siguientes.

Todo enólogo espera el momento preciso para cosechar. Hasta que no esté listo el fruto tal como lo desean, esperarán. Pero eso no es excusa para estar tranquilo. En determinados días, tenía que ir tijera en mano a buscar muestras en los viñedos. En total debía recoger 20 racimos de hileras seleccionadas al azar. Esto implicaba caminar entre los viñedos y cada 10 pasos, detenerme a recolectar un racimo. Después debía volver al laboratorio y hacer jugo machucando con mis propias manos las uvas. No apto para aracnofóbicos! El jugo era medido con un instrumental para determinar la cantidad de azúcar. Y de ahí en más, Charles Hopkins hacia sus predicciones.    

Otra tarea fue la poda. En este caso, trabajé con un Pinot Noir de solo dos añitos, un bebé que recién estaría en condiciones de dar uva para vino al año entrante. En esta tarea fui guiado por Filipe, otro zimbabwense de 40 años con la jovialidad de un adolescente. Educado en su país natal, afirmaba que cada 3 kilómetros podías encontrar una escuela, varias especializadas en agricultura.  La poda es una tarea noble que se hace en beneficio de la planta. Tal como escribió el poeta argentino Jorge Sosa en la tonada “Trabajos de la viña”: “Le daré camino de sol a tu sol – Para que se te duplique el vigor – Serás cuerpo de mujer, luego flor – Racimo de amor”.

Mi trabajo consistía en ver las ramas que iban surgiendo de la planta y cortar hasta que quedaran solo dos. Parece sencillo, pero elegir bien es todo un arte. Desde el grosor hasta la altura, hay varios elementos para considerar. Mientras más cercanas a la base mejor, ya que debían ser dobladas para atarse a los alambres que guiarían estos brazos durante un año. Otra vez recordando a Jorge Sosa: “A tus brazos nuevos – Les daré un destino – Para que la hilera –            Sepa a donde va”.   

En Sudáfrica se suelen hacer injertos de una variedad en el tronco de una distinta. En otra oportunidad me tocó trabajar con un Chardonnay plantado en troncos de Cabernet Sauvignon. También vi Sauvignon Blanc sobre Cabernet Franc, sin que esto afectara el producto final. Ventajas: se adelantaba la producción -aunque la vida será más corta- y la base de la planta será más sólida, algo no menor considerando los fuertes vientos del Atlántico. Estuvo entre mis trabajos limpiar las ramas que pudieran salir del tronco base. A fin de cuenta, serían energía desperdiciada por la planta ya que no se cosecharían esas uvas. Esto es clave: que la planta dedique su energía al fin buscado, ahorrándole cualquier trabajo extra.

Como un cosechador más

Lunes, 6AM, escucho el Toyota de Kudzai. Después de una semana de expectativas, tuvimos luz verde para cosechar el ansiado Pinot Grigio. El cielo estaba cubierto de nubes, lo que era una mezcla de temor y optimismo. Por un lado, la cosecha no puede hacerse bajo la lluvia ya que complica tanto a los trabajadores como a las maquinas que recolectan los tachos. Pero como se puede suponer, la sombra en el verano de Sudáfrica se hace apreciar en un día de campo. Después de idas y vueltas con los encargados de la granja, se superó el miedo a la lluvia y se dio la orden de arrancar. El avispero se movió: todos empezaron a correr a los autos y camiones para empezar la cosecha.

Mientras un camión transportaba a los cosechadores, Kudzai me explicaba el trabajo que realizaría con ellos. Otra vez, no era tan simple como pegar un tijeretazo a un racimo y dejarlo caer en un canasto. Tijera en mano, debía cosechar las uvas con especial atención. El Pinot Grillo había sido plantado en una base de Merlot, por lo que debía observar muy bien el color -azul grisáceo y azul negruzco, respectivamente- para no cosechar el fruto equivocado. ¿Qué pasaba si me confundía? Por suerte, los encargados de levantar los tachos hacían una revisión para solucionar cualquier error. A su vez, debía tener cuidado de no cosechar uvas con “mealybugs”. Estos son unos insectos que no son dañinos, pero pueden ser vectores de otras enfermedades y es mejor evitarlos. Su color blanco los hacía fáciles de identificar.

Tijera en mano y gorra, solo me faltaba un tacho para empezar. Al principio de cada hilera había canastos amarillos que tenían una capacidad de 18 kilos cada uno. Los cosechadores reciben 3, 5 Rands por canasto, la moneda nacional de Sudáfrica (1R = 1,1 peso argentino). Los trabajadores viajan juntos una hora desde Riverlands, según me contó Samanta, una viñatera con 15 años de experiencia que sería mi compañera durante la cosecha. Debido a la distancia, si llegaban y llovía se les pagaba de todos modos, ya que no era su culpa que no pudieran trabajar.

Mientras iba cosechando cuidadosamente, veía vehículos parecidos a tractores pasar por otras hileras. En Mendoza, recuerdo haber visto cosechadores en sistema parral que al llenar cada tacho  debían transportarlo hasta el comienzo de la hilera y descargarlo en un camión. A cambio de esto se les daba una ficha que cambiarían por 15 pesos. Pero en esta bodega sudafricana, la modalidad era distinta. Cuando llenaban un tacho lo dejaban en el piso junto con algo similar a un carnet. Al terminar la hilera, los “tractores” pasarían con trabajadores para levantar los tachos y verterlos a un contenedor principal. Después el encargado contaría los cartones y le pagaría a cada cosechador lo correspondiente.   

Al trabajo también se sumaba la diversión. Así como en Argentina no es raro encontrar  cosechadores con dotes de cantor, había dos chicas jóvenes que con su talento hacían más amena la mañana. El inglés está lejos de ser la principal lengua materna, por lo que sus canciones eran principalmente en zulú, xhosa y afrikaans, idioma basado en el holandés. Escuchar entre los viñedos de esta tierra rojiza palabras en holandés dichas por personas de color era cuanto menos una situación llamativa.  A las 8:30AM, estos trabajadores -que salían de su casa a las 5AM- tenían derecho a un descanso para tomar un té. Las charlas sobre fútbol pululaban por doquier, y más de uno gritaba “¡Messi!” cuando se enteraba de mi nacionalidad.

Para ir llegando a una conclusión, debo admitir que me sorprendió lo parecido que pueden ser dos vendimias a pesar de estar a miles de kilómetros de distancia. El latinoamericano y el africano son seres trabajadores, que tratan la tierra con cuidado y respeto para obtener de ella sus mejores frutos. Arrancan desde temprano porque saben que no hay tiempo que perder, y entre tanto esfuerzo no se olvidan de cantar y reír. Si pueden hacer un chiste, será bienvenido. Si pueden dar una mano, lo hacen. Hay muchos espejos donde vernos reflejados, y vale admitir que el amor por lograr un buen vino es uno de ellos.   

    

Datos de información sobre De Grendel Wines and Restaurant:

– Dirección: Plattekloof Road, Panorama, Western Cape, 7500. A 20m de Ciudad del Cabo.
– Región vitivinícola: Durbanville

– Contacto para degustación: +27215586280. Mail: info@degrendel.co.za

– Contacto para restaurante: +27215587035. Mail: restaurant@degrendel.co.za